Los homicidios en Tucumán aumentaron un 16% en el primer semestre de 2026 respecto al mismo período de 2025, y siete de cada diez conflictos que llegan a la Justicia terminan con una persona baleada. La violencia armada, alimentada por el narcomenudeo y la portación cotidiana de armas, ya no es excepcional: se manifiesta en disputas de tránsito, peleas vecinales y enfrentamientos territoriales.
En los últimos meses, episodios como el del automovilista que hirió a un ciclista en el centro o el del exmilitar que intentó asesinar a su expareja y lesionó a un cuidacoches encendieron las alarmas. Ambos ocurrieron en plena zona céntrica, en horarios de alta circulación, y con armas de fuego como protagonistas.
“El problema es que antes las pistolas se dejaban en la casa. Ahora hay muchas personas que las portan permanentemente y pueden utilizarlas en cualquier momento sin estar preparadas mentalmente o sin haber recibido la instrucción adecuada”, explicó un instructor de tiro.
Desde el Ministerio Público Fiscal advierten sobre esa conducta: “Si un tucumano decidió armarse para protegerse de la inseguridad, no importa si vive en un country de Yerba Buena o en un barrio de la periferia. ¿Qué hace suponer que no llevará esa arma a todos lados?”, planteó una fuente judicial.
Estadísticas que preocupan
Según datos oficiales, antes de que terminara el primer semestre del año, los homicidios ya habían crecido un 16% respecto de 2025. Los móviles cambiaron: bajaron los homicidios durante robos (de cinco a cuatro casos) y aumentaron los vinculados a conflictos interpersonales (de seis a siete), los femicidios (de tres a cuatro) y, sobre todo, los homicidios relacionados con drogas, que se duplicaron. Fuentes judiciales indican que las sustancias aparecen en más del 90% de las causas penales iniciadas.
Justicia por mano propia
Un caso emblemático ocurrió en Los Nogales, donde el productor José Javier Fransacena, cansado de los robos de naranjas en su quinta, mató de un escopetazo a Daniel Juan Gutiérrez, un joven con problemas de adicción. La defensa del imputado habla de exceso en la defensa de sus bienes, mientras la querella sostiene que Gutiérrez fue ejecutado fuera de la finca y abandonado en un camino vecinal.
“Estamos viviendo una situación muy similar a la que se observó en Río de Janeiro cuando comenzaron a surgir grupos parapoliciales que ejecutaban a personas adictas porque estaban cansados de sufrir robos”, señaló Gerardo Banegas, abogado de la familia de la víctima. La hermana de Gutiérrez, Romina, reconoció que Daniel tenía problemas de consumo pero rechazó que fuera un delincuente, y denunció que en varias oportunidades señaló lugares de venta de droga sin obtener respuestas.
Barrios tomados por las balaceras
En junio se registraron otros hechos violentos: el femicidio de Cynthia Lazarte, el asesinato de Carlos Romano Hardoy mientras compraba estupefacientes en Villa Carmela, y un tiroteo en San Cayetano que dejó a un joven grave. Según los investigadores, esa balacera estuvo vinculada a una disputa territorial por la venta de drogas y participaron más de diez personas, muchas menores de edad.
“En el barrio estamos cansados de estas banditas que se agarran a tiros todos los días. Los enfrentamientos ya forman parte de nuestra vida y nadie hace nada”, expresó la madre del joven herido.
El escenario que describen las estadísticas, los expedientes judiciales y los testimonios barriales es el de una violencia que ya no aparece como un hecho aislado. Se expresa en el tránsito, en las disputas familiares, en los conflictos entre vecinos, en los robos, en el consumo problemático y en las peleas por territorios de venta de drogas. El denominador común se repite: armas cada vez más presentes, conflictos que escalan con rapidez y una sociedad que parece naturalizar respuestas violentas. La pregunta que queda abierta es cuánto más deberán crecer las estadísticas para que el problema deje de analizarse caso por caso y comience a abordarse como una emergencia social.

