viernes, octubre 16, 2026

Turismo rural comunitario en los Valles Calchaquíes: dormir y convivir en pueblos originarios de Tucumán

En los Valles Calchaquíes, comunidades indígenas de Tucumán abrieron sus casas a los visitantes con una propuesta de turismo rural comunitario que busca revalorizar sus raíces y generar ingresos alternativos. Talapazo y El Pichao son dos de los pueblos que ya reciben huéspedes y comparten su vida cotidiana.

La iniciativa, impulsada desde el Ente Tucumán Turismo junto a otras instituciones gubernamentales, apunta a preservar el medio ambiente y la historia de estos parajes. Rita Carrizo Sobrino, jefa del departamento de gestión de ofertas y destinos turísticos del organismo, explicó: “Hace un tiempo detectamos que el turismo rural comunitario se había convertido en una tendencia mundial, una modalidad que empezó a crecer también en nuestro país”.

El Ente comenzó hace unos años a trabajar de manera interdisciplinaria para detectar y capacitar a comunidades con potencial: paisaje, sitios arqueológicos, tradiciones y quehaceres. “Nuestro trabajo es acompañarlos en el desarrollo del proyecto, fortalecer sus capacidades, poner en valor la cultura, hacerles saber que su cotidianeidad tiene una importancia mayor que la que imaginan y que se puede convertir en una experiencia turística”, agregó Carrizo Sobrino.

Las capacitaciones incluyen talleres de primeros auxilios, hotelería y agricultura, entre otros. Además de Talapazo, que tiene la propuesta más consolidada de la región, se trabaja en El Pichao y Tiu Punco, sitios que ya ofrecen algunas actividades. “Hace poco iniciamos con Anfama, una comunidad aborigen muy conocida por los amantes del trekking de larga duración, ubicada en un recorrido que une Yerba Buena con Tafí del Valle. Ellos ya cuentan con los albergues de montaña. La idea es que el pueblo no sea solo una zona de paso para los caminadores, sino que puedan mostrar otros aspectos que inviten a quedarse. Llamativamente tiene su escuela secundaria con orientación turística”, concluyó la funcionaria.

El camino hacia Talapazo

Desde San Miguel de Tucumán hasta Talapazo hay unos 200 km, un trayecto que lleva un poco menos de cuatro horas. El recorrido deja atrás el verdor de Tafí del Valle y pasa por Amaicha del Valle. Tras tomar la RN 40, un cartel anuncia la proximidad de la Ciudad Sagrada de los Quilmes.

Ese asentamiento prehispánico, uno de los más importantes de la región, habría estado habitado desde el 880 d.C., según las estimaciones. Los arqueólogos creen que en el siglo XVII la comunidad había alcanzado un alto grado de desarrollo social y económico, con una población estimada de 3000 individuos en la zona urbana y otros 10.000 en los alrededores. El sitio está manejado por la comunidad india quilmes y cuenta con circuitos para recorrerlo y un centro de interpretación.

Los quilmes ofrecieron una de las resistencias más aguerridas a la colonización española durante casi cien años, hasta que fueron vencidos y enviados a pie a Buenos Aires como castigo.

Para llegar a Talapazo hay que desviarse en el km 4301 de la RN 40 y hacer 8 km de tierra. No conviene transitar ese tramo si llueve y hay que hacerlo despacio con un auto bajo.

Paola Agüero, responsable del comedor, recibe a los viajeros junto a un grupo de vecinos. El proyecto comenzó hace unos ocho años. En el pueblo viven 25 familias de la comunidad india quilmes, la mayoría dedicada al cultivo de la tierra y a la cría de animales. Antes, una mina de mica daba trabajo a sus habitantes, pero hace tiempo que no funciona.

Hoy cuentan con seis hospedajes: algunas familias construyeron un cuarto con baño privado y ofrecen las mismas facilidades. Se capacitaron con cursos que les facilitó la provincia y hoy son anfitriones con todas las de la ley.

Sandro Llampa, delegado de la comunidad y guía, conduce hasta La Loma, un sendero que sube por la sierra de Quilmes entre grandes cardones y algarrobos. Desde lo alto se ve una panorámica del pueblo construido en la zona agrícola de la antigua comunidad, que excedía con creces al Talapazo actual. Los andenes de cultivo cobran nueva vida con el trabajo de los actuales pobladores. Las pircas con enramada en la parte superior evitan que los cabritos salten el muro de piedra y se escapen.

En el punto más alto del recorrido se realiza una corpachada, una ofrenda de vino que riega la tierra. La ceremonia se lleva a cabo alrededor de la boca de la tierra que solo se abre una vez al año, el 1 de agosto, día de la Pachamama.

Sandro aprovecha el alto para contar cómo viven el Día de la Pachamama. La celebración inicia la noche anterior, el 31 de julio, con sahumos para purificar los cuerpos, cantos y un yerbeado alrededor de una fogata comunitaria. Al amanecer, todos regresan a casa para sahumar los ambientes con ruda y agua que corre de ríos, nunca agua quieta. Luego, con lo mejor que guardaron durante el año, suben al sitio donde realizan las ofrendas para agradecer lo recibido a la Pacha. El ritual dura hasta el atardecer, cuando se pide por el año que acaba de iniciar. En el calendario aborigen, el 1 de agosto indica el comienzo del año.

Esa jornada también se realiza la lectura de la piedra. “Todos bajamos al río para saber cómo será el año que acaba de empezar”, cuenta Sandro. Para interpretarla hay que estar conectado con la naturaleza. “No se trata de cualquier piedra, la piedra viene a vos”, explica Llampa. Las formas humedecidas permiten ver si habrá sequías o lluvias, cuánto durarán y cómo se alternarán, y en base a eso planificar la vida. Consultado sobre si las predicciones se cumplen, responde: “Casi siempre, sí”.

Durante el recorrido, Sandro explica que un estatuto rige la vida del pueblo y obliga a sus miembros a tareas comunitarias: la limpieza de las acequias de riego y el mantenimiento de un tramo del camino de acceso. A cada familia le corresponden unos 120 metros de ruta que deben conservar en buen estado. Incumplir estas reglas trae una sanción: el corte del agua de riego, el peor castigo en estas tierras.

Talapazo responde al cacique de Quilmes, que es el representante legal. A su vez existe un consejo de delegados, uno por cada localidad. Cada decisión que involucra a una comunidad requiere convocar a una reunión de base. “Nosotros somos la voz del pueblo, no podemos tomar decisiones sin consultar. La autoridad máxima y soberana es la Asamblea General Comunitaria”, concluye. La asamblea se convoca por norma una vez al año y de manera extraordinaria cada vez que sea necesario. Todos pueden participar. Los pobladores también pueden solicitar la propiedad de la tierra que habitan, con el aval conjunto del cacique y la comunidad.

Café de higo, fogón y arqueología

Al atardecer, Rubén Soria invita a una degustación de café de higo, de algarroba y tusca. Muele los frutos previamente tostados en horno de barro en una pecana, una suerte de mortero poco profundo, y luego prepara la infusión.

Con la noche llega un gran fogón. Sandro convida un yerbeado hecho con cedrón, arcayuyo, muña, burrito, ruda, verbena y aguardiente. El tazón pasa de mano en mano y cada uno debe beber siete sorbitos: el primero más largo, el resto breve. Es un ritual de purificación que despega todo lo malo que tenemos dentro.

La caja suena con un tun tun característico. La música, el fuego y la bebida crean el clima ideal para escuchar a Judith, la mujer de Sandro, que con voz envolvente narra historias sobre las creencias de su pueblo. “Ella no castiga, da grandes lecciones”, revela Judith sobre la Pacha. “Son historias que ya contaban nuestros abuelos y vienen de muy antiguo”.

Al final, un bombón de dulce de cayote y, en el comedor, un locro con una copa de Malbec talapaceño.

Por la mañana, la visita al antiguo pueblo permite ver los cimientos de piedra de las construcciones ancestrales. “Este sitio fue muy saqueado por los huaqueros”, cuenta Sandro. Se cree que es más antiguo que la Ciudad Sagrada de Quilmes (850 d.C.). “Fue uno de los 11 pueblos que pertenecían a esa comunidad antes de la llegada de los españoles”, afirma. Las viviendas se construían por debajo del nivel del suelo, de modo que se camina casi a la altura de los techos desaparecidos. En el recorrido se distinguen las casas familiares, el sector de trabajo común y los silos. A lo lejos, en la cima de la sierra, se observa una muralla de unos 700 metros de largo y 2 metros de alto que, según Sandro, podría haber protegido al pueblo replegado en lo alto durante las invasiones. A un lado, un pequeño pucará oficiaba de puesto de vigilancia.

El Pichao y el impulso de Laura Liendro

De vuelta en la RN 40 rumbo a Colalao del Valle, un camino de tierra de unos 10 km conduce hasta El Pichao, otro pueblo de la comunidad india Quilmes. Es pequeño, salpicado de casitas de piedra, con árboles frutales por doquier, especialmente nogales. Es además sede de la Fiesta Provincial del Dulce Artesanal.

“Los dulces artesanales y los nogales son el fuerte de la comunidad. Hace poco iniciamos el proyecto con un grupo de gente muy diversa: jóvenes y gente mayor, todos muy entusiastas”, señala Carrizo Sobrino. Ahora trabajan con un arqueólogo para formar guías, diseñar senderos y proteger el patrimonio para que las visitas no interfieran con las antiguas construcciones.

En el centro vecinal espera Laura Liendro. Nació en el pueblo, pero partió muy joven a Buenos Aires. Estudió enfermería, fue docente de la carrera y se formó como guía de turismo en la Universidad de Morón. Cuando se jubiló regresó; de eso hace siete años. “Yo pensé que me jubilaba y me convertía en princesa, pero donde veo una necesidad tengo que hacer algo”, se ríe.

Con constancia y buen humor consiguió que la provincia envíe cada año un grupo de médicos de todas las especialidades. El centro vecinal se convierte entonces en un laboratorio y los vecinos desfilan por los consultorios improvisados. “Los casos que lo requieren tienen el seguimiento de esos profesionales porque aquí todo queda lejos”, cuenta Laura. Luego gestionó la capacitación para luchar contra la carpocapsa, un gusano que destruía el 70% de la cosecha de la nuez. “Tuve que estudiar para poder hablar con los ingenieros del INTA, pero ahora tenemos el tema controlado”, cuenta con orgullo. También trabajó con especialistas en derechos de los niños y problemáticas adolescentes.

Ahora está empeñada en lanzar turísticamente al pueblo, junto a un grupo de vecinos, todos jubilados o cercanos a esa etapa. La ilusión es sumar a los jóvenes. En el centro vecinal, una obra quedó a medio hacer hace 18 años porque los recursos dejaron de llegar. El edificio fue construido por el pueblo y solo faltan las aberturas, el escenario y otras terminaciones menores. En el hall principal hay una exposición de dulces hechos por la gente local y paquetes de nueces a la venta.

Con agua, sombrero y protector solar, la caminata sigue hasta el sitio arqueológico El Pichao, estudiado hace unos años por científicos pero aún no puesto en valor. Guían Laura y su hermano Rubén. En el camino aparece Bernabé, un constructor de casas en piedra que hace unos años acompañó a los arqueólogos.

Según los estudios del Conicet y la Universidad Nacional de Tucumán, el sitio ocupaba unas 500 hectáreas al pie de las Sierras de Quilmes. Sobre el lado opuesto serpentea el río El Pichao que, de tanto en tanto, desborda con las lluvias de verano y amenaza con devorar parte de las ruinas. Los estudios aseguran que estuvo poblado a lo largo de varios periodos que van desde 500 a.C. al 1667 d.C. Unas 280 unidades residenciales, campos de cultivo aterrazados, morteros comunales, estructuras monticulares de culto y cementerios, sin arquitectura monumental, dan cuenta de su magnitud.

Durante el período Hispano-Indígena (1535-1667 d.C.), que coincidió con los 130 años de resistencia contra la dominación española, la organización territorial se modificó porque muchos sectores de asentamiento se desplazaron a zonas ocultas en las quebradas.

En la caminata aparecen restos de alfarería. El último esfuerzo es subir sierra arriba hasta el sitio que llaman Casa Ambrosetti, con el valle en su máximo esplendor mientras cae la luz. La idea de los vecinos es que la Universidad de Tucumán diseñe los senderos y, con ayuda del gobierno provincial, se instale la cartelería adecuada. También quieren capacitar a guías locales.

Antes de dejar el pueblo, Laura regala un dulce de durazno casero y da a probar un licor de ciruelas verdes y aguardiente, el Umeshu, una receta japonesa adaptada a la usanza local.

La bodega comunitaria Los Amaichas

De regreso, una parada en Amaicha del Valle permite conocer la bodega comunitaria Los Amaichas, la única de Latinoamérica y la tercera a nivel mundial manejada por una comunidad aborigen. En la entrada espera Clara Guerra (70), tejedora que llega con husos y madejas de lana. La crió su bisabuela María Liberata de Cisneros, arriba en los cerros, porque sus padres se la pasaban de zafra en zafra. Mientras hace rotar la fibra en el huso, muestra algunos de sus trabajos.

La bodega fue diseñada en piedra y tiene forma circular a semejanza de las antiguas construcciones aborígenes. “Es el sistema margarita: un círculo central con agregados de habitaciones alrededor, como las que se encontraron en el sitio arqueológico Los Corrales, aquí nomás”, cuenta Germán, el guía.

Los Amaicha producen vino Malbec y de uva criolla que aportan los productores locales, comercializado bajo la etiqueta Sumak Kawsay. Inicialmente fueron 40 familias, hoy quedan unas 25. Las producciones son muy pequeñas, no superan la hectárea y media, y permiten producir unas 15.000 botellas al año. La idea es ampliar la producción, pero el problema es la falta de agua, el gran obstáculo para que los pequeños productores sigan creciendo.

“Escríbalo en su nota para que la gente se entere”, pide Roberto Ríos, que lleva adelante la bodega familiar Vertientes Tintas. Roberto es uno de los productores de la comunidad que se separó de la bodega y ahora produce en su casa, donde también recibe visitas. Los viñedos se multiplican a un lado y otro del camino. La acequia cobijará el agua cuando le llegue su turno; ahora está seca. La tierra es rica, el agua escasa.

Datos útiles para organizar la visita

Talapazo (RN 40 km 4301): para alojamiento y comidas hay que comunicarse con Paola Agüero al (381) 622-2254 o por Instagram @talapazotucuman. Su casa es el sitio de registro de los visitantes. Todas las alternativas requieren reserva previa por la complejidad del abastecimiento en un lugar muy aislado. Los cuartos tienen capacidad para 4 personas (cama matrimonial y cucheta), baño privado, ropa de cama, estufa o ventilador y pava eléctrica. El costo es de $25.000 por persona e incluye desayuno.

El comedor Kincho Los Nogales, en la casa de Paola Agüero, ofrece un menú que varía según la estación, con opciones para viajeros con restricciones alimentarias. Entre las excursiones se destacan el fogón de mitos, leyendas, coplas y ceremonias ($15.000 por persona, mínimo 6), la experiencia del frangollo ($10.000, incluye almuerzo, grupos de 10), la elaboración de pan casero ($10.000, incluye merienda, grupo de 6), la experiencia del café de higo, tusca y algarroba ($14.000) y caminatas guiadas a las cascadas ($20.000), las antiguas minas ($15.000), el Mirador de la Loma ($15.000) y el sitio arqueológico ($15.000). Hay descuentos para grupos numerosos, escuelas y jubilados.

El Pichao (RN 40 km 4308, 8 km hacia el oeste): el centro vecinal ofrece almuerzo solo con reserva previa al (3868) 40-2990. Laura Liendro organiza la visita al sitio arqueológico, también con reserva previa; el circuito de Los Morteros cuesta $20.000 por persona.

La bodega comunitaria Los Amaichas recibe en invierno todos los días de 9 a 13 y de 14 a 17; en verano extiende la apertura hasta las 18. El recorrido y la degustación son gratis, solo se cobra a grupos numerosos, y hay puesto de venta.

La Ciudad Sagrada de Quilmes (RP 357 km 17) abre todos los días excepto el 25 y el 31 de diciembre, con ingreso de 9 a 17.30. El Centro de Interpretación se puede visitar hasta las 18 y el sector reconstruido hasta las 18.30. Conviene dedicar un mínimo de dos horas a ambas actividades. La mejor época para visitar es de marzo a noviembre, porque en general no llueve, la temperatura no es muy alta y tampoco hay insectos. El resto del año conviene evitar el horario de 12 a 15. Para sortear multitudes es mejor ir temprano, sobre todo en vacaciones de invierno. El clima es semidesértico, por lo que el sol está casi siempre presente: no hay que olvidar protector solar, vestimenta larga, gorra o sombrero y agua. La entrada cuesta $10.000 para argentinos, $15.000 para extranjeros y $7.000 para jubilados. Los discapacitados y los menores de 12 años no pagan. El precio incluye la visita al Centro de Interpretación y la asistencia de guías locales en la parte baja del sitio.

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