El sistema se está reconfigurando ante la amenaza de que el colapso de este experimento derive en un gobierno que llegue con el mandato y la voluntad de deshacer las reformas de estos dos años. La candidatura presidencial de Patricia Bullrich para 2027 es la respuesta del círculo rojo al deterioro irreversible de la imagen de Javier Milei y a los números favorables de la oposición que propone cambiar el modelo económico.
La senadora habló por teléfono con Milei el lunes por la noche y la conversación no terminó bien. Horas antes, Bullrich había mostrado un perfil metropolitano en Santiago de Chile, pero al día siguiente se fotografió con el presidente José Antonio Kast en La Moneda, en un encuentro que no estaba previsto ni fue avisado a Cancillería ni a Casa Rosada. El tono fue el de una bilateral entre dos jefes de Estado.
Cuando volvió a la Argentina, el plan B ya estaba en marcha. El miércoles, el diario La Nación publicó su ultimátum: Bullrich le pediría a Milei que eche a Manuel Adorni. Horas después, ella misma reiteró la exigencia en una entrevista televisiva, marcando un límite que el presidente no está dispuesto a sostener. Fue el punto de quiebre.
Movimientos tectónicos
Bullrich habló por muchos que dentro del gobierno todavía no se animan a quejarse en voz alta de la protección al jefe de Gabinete, que pone en riesgo a Milei y atrae atención sobre mecanismos de corrupción con ramificaciones extensas, como la trama de los sobresueldos. Dos veces Adorni pudo negarlo y no lo hizo. Tampoco Toto Caputo ni Alejandra Monteoliva.
El plan B no fue una decisión impulsiva sino un proyecto en el que Bullrich trabaja desde que dejó el ministerio de Seguridad para volver al Congreso. Los sucesivos traspiés del gobierno fueron acercando interesados. Los tiempos se aceleraron por las revelaciones del enriquecimiento ilícito del ex vocero y la decisión de los hermanos Milei de sostenerlo a toda costa.
Desde principio de año, Bullrich puso en marcha la maquinaria electoral: rosca política, financiamiento, territorio. En público apuntaba a la Ciudad o a una vicepresidencia; en privado, quería estar lista si tenía una chance de ir por el premio mayor. La chance se presentó. No es casualidad que en las horas siguientes al ultimátum se alinearan voceros de varios sectores a repetir su línea: Guillermo Francos, Juan José Gómez Centurión, Darío Nieto y el Gordo Dan, entre otros.
Es imposible no relacionarlos con otros mensajes recientes: el editorial de La Nación pidiendo “preservar el programa”, la reunión de Paolo Rocca con Mauricio Macri y la activa presencia de Peter Thiel, que se mostró preocupado por “cómo se sostiene esto en el tiempo”. El sistema se está reconfigurando ante la amenaza de que el colapso derive en un gobierno que deshaga las reformas.
No es la mejor candidata, pero es la que tienen. Y ella va a hacer todo lo posible para aprovechar su última oportunidad.
Por adentro o por afuera
La definición dependerá de cómo siga su relación con los hermanos Milei y de la deriva del gobierno. En la reunión de gabinete del viernes hubo gritos y desplantes del presidente. “Acá mando yo y al que no le gusta que se vaya”, dijo Milei. Es una oferta que hoy están evaluando varios. En la reunión entre Rocca y Macri, el hombre fuerte de Techint pidió preservar el sello del PRO por si lo necesitan el año que viene.
Lo que veremos a partir de ahora es el reacomodamiento de piezas. Entre las filas de Bullrich hay ministros y secretarios de Estado, no menos de una quincena de diputados y varios senadores, viudas y viudos de Karina Milei, gobernadores, intendentes y empresarios. Si hoy hubiera una ruptura total, la magnitud del quiebre pondría en peligro existencial al gobierno.
Los nombres del bullrichismo
Todos en el gobierno descuentan que Federico Sturzenegger se irá con Bullrich cuando llegue el momento. En la Casa Rosada miran con desconfianza al ministro de Interior, Diego Santilli. El Poder Ejecutivo está lleno de cuadros de segundas y terceras líneas que se pueden encolumnar con ella.
El problema más inmediato para los hermanos en caso de ruptura será en el Congreso. Bullrich, junto a Luis Petri, pueden promover un motín que dejaría al gobierno en una situación de extrema vulnerabilidad. Hoy en su campamento creen que podría quedarse con al menos ocho senadores de los veinte oficialistas, y conformar un interbloque que triplique ese número. Entre los propios cuentan a Agustín Coto, Belén Monte de Oca, Agustín Monteverde, Carmen Álvarez Rivero, Pablo Cervi, Bruno Olivera, Juan Cruz Godoy y viejas espadas libertarias como Francisco Paoltroni, Ezequiel Atauche o Bartolomé Abdala. Además, descuentan que los senadores radicales y del PRO se encolumnarán rápidamente.
En Diputados, la cuenta incluye a Damián Arabia, Sabrina Ajmechet, Petri, y viejos cuadros del PRO como Alejandro Fargosi, Silvina Giudici, Laura Rodríguez Machado y Patricia Vázquez, además de la diputada narco Lorena Villaverde, los radicales con peluca y exmileistas como Oscar Zago, Eduardo Falcone y Carlos D’Alessandro.
La cobertura del sistema
Los armadores del proyecto presidencial de Bullrich creen que podrán armar el scrum de gobernadores que Milei nunca pudo consolidar. La idea es un Juntos por el Cambio recargado que incluya a radicales como Maximiliano Pullaro, Leandro Zdero, Carlos Sadir y Juan Pablo Valdés; oriundos del PRO como Rogelio Frigerio, Nacho Torres y Jorge Macri; y luego aliados en el norte y el sur.
Dirigentes de La Libertad Avanza de primera hora que fueron dejados de lado, como Ramiro Marra, ya establecieron contacto con Bullrich. El propio Santiago Caputo supo encaminar su relación con ella. En la provincia de Buenos Aires trabajan Diego Valenzuela, Guillermo Montenegro y Néstor Grindetti. Entre los intendentes, además de Ramón Lanús, hay conversaciones con Pablo Petrecca y los hermanos Passaglia.
La exministra de Seguridad aún cultiva buenos vínculos con las fuerzas federales; cuenta con economistas como Carlos Melconián y Sturzenegger; tiene el visto bueno de Rocca, Macri, Héctor Magnetto y Fernán Saguier. Al campo y a la UIA les prometió un tipo de cambio más alto. Con la embajada de Estados Unidos y la DAIA tiene vínculos más añejos y profundos que Milei. En Comodoro Py todos le atienden el teléfono. Hay equipo. Hay una misión: construir el mileismo sin Milei.
Desde el primer día de su gobierno, Milei trabajó para ser el único jefe de la internacional reaccionaria en la Argentina. Trató de destruir al PRO, humilló a Macri, se peleó con los empresarios más importantes. Esperaba la sumisión de todos. No aceptaba otros liderazgos. Cuando ganó las elecciones en octubre del año pasado creyó que había logrado su objetivo. Estaba equivocado.

