domingo, septiembre 6, 2026

Milei endurece su discurso sobre Malvinas y suma gestos sociales, pero el bolsillo marca límites a su estrategia

El presidente Javier Milei combina gestos de seducción hacia causas ajenas a su espacio con la promesa de sostener el rumbo económico, en un escenario donde la reactivación aún no se siente en los hogares y la visita del Papa León XIV inquieta al oficialismo. Mientras tanto, el peronismo acelera sus movimientos de cara a 2027.

En la Casa Rosada admiten que algunas cosas están cambiando, aunque no el programa económico ni el rumbo general. Sí se perciben modificaciones en decisiones, discursos y gestos simbólicos que empiezan a tomar otro color. Milei, por momentos, desconcierta, y eso es lo que más preocupa a sus rivales políticos.

La Libertad Avanza sabe que la reactivación económica, con mejoras concretas en el bolsillo, es condición central para obtener buenos resultados electorales. Mientras tanto, el oficialismo busca conectar con otros sentimientos que hasta ahora le eran ajenos. Malvinas es el ejemplo más saliente de estos días, aunque antes hubo otra contorsión discursiva: Luis Caputo incorporó la expresión “justicia social”, poco habitual en el diccionario libertario, para defender el impulso a los créditos hipotecarios.

La visita papal como factor de riesgo

La proximidad de la visita de León XIV aparece entre las preocupaciones oficiales. Milei quiere recibir al Papa en la Argentina, pero también existe el temor de que el viaje se convierta en un búmeran para el Gobierno. Una recorrida papal por temas vinculados con la pobreza, la discapacidad o los sectores más postergados podría poner bajo la lupa los costos sociales del ajuste.

Hay tiempo hasta noviembre para acomodarse, o al menos para evitar que la oposición capitalice esas oportunidades. Milei, en esas contorsiones, podría mostrarse más papista que el Papa, o al menos que Juan Grabois.

Malvinas y piruetas narrativas

El Gobierno abraza causas que no figuraban en las páginas libertarias, y Malvinas es el ejemplo más claro. En menos de tres años, Milei recorrió un camino sinuoso: habló del principio de autodeterminación de los isleños, elogió a Margaret Thatcher, mantuvo una respuesta moderada durante la visita de David Cameron y guardó silencio ante la aparición de un buque británico. Incluso cuestionó la bandera sobre las Islas que levantaron los jugadores de la Selección en el Mundial.

Ahora endureció el discurso: volvió a poner la soberanía en el centro de la agenda, anunció medidas contra las petroleras que operan en las Islas y planteó ante The Economist explorar una negociación con el Reino Unido inspirada en el proceso de Hong Kong. Allí sostuvo que las Malvinas son “inequívocamente” argentinas.

No se trata de un giro: Milei siempre afirmó que las Islas son argentinas. Lo que cambió es el énfasis. Quizás los planteos de Donald Trump sobre la cuestión Malvinas para presionar al Reino Unido hayan sido la puerta de entrada a un discurso nacionalista que hasta ahora no había ensayado.

Las concesiones también alcanzan a temas económicos. La semana pasada, Economía avanzó con fondos del FGS de ANSES para alimentar el crédito hipotecario y desde el oficialismo dejaron correr versiones de una mejora del salario mínimo. Son medidas acotadas, incluso insuficientes para mover la aguja del consumo por sí solas, pero marcan una dirección diferente a la que predominó durante buena parte de la gestión.

Milei, en tanto, promete redoblar “al mango” la ortodoxia y repite que no piensa apartarse del programa, dispuesto a morir con las botas puestas. Vaya uno a saber.

El viejo reglamento

El propio Presidente aportó esta semana otra pista sobre cómo procesa el escenario. Durante Vientos de Cambio aseguró que tiene su futuro personal resuelto y que, si el oficialismo pierde, será la sociedad la que habrá decidido otro camino. La idea de fondo se mantiene: Milei sigue convencido de que su programa es el correcto y que el electorado deberá elegir entre acompañarlo o asumir las consecuencias.

También prosiguió con su catarata de insultos vía redes, en especial contra periodistas. Hay analistas que consideran que allí aparece uno de sus errores. Decir que tiene su futuro personal asegurado como conferencista internacional puede irritar a quienes sienten los costos del modelo. Lo mismo ocurre cuando responsabiliza a la sociedad por un eventual retroceso en ese camino lineal que imagina hacia la Tierra Prometida, un camino que no está exento de espinas.

“El error del análisis político clásico es medir liderazgos disruptivos con las reglas que vinieron a romper. Milei, Bukele o Bolsonaro no deben medirse por qué regla violan, sino por qué efecto produce violarla. Si cambió el juego, el viejo reglamento ya no alcanza”, expresó un dirigente peronista y norteño, que entiende que con esas salidas sorpresivas Milei vuelve a generar desconcierto en la oposición.

Pero lo paradójico es que el viraje narrativo tiene límites en el propio programa económico. Podrá incomodar a la sociedad diciéndole que se está “suicidando” por no votarlo, incluso podrán resbalar insultos dirigidos con mayor precisión. Pero cuando el bolsillo aprieta, es otro cantar. “Podés jugar con el coya, pero no con su alforja”, decía el mismo norteño, retomando un viejo refrán de la Puna: el hombre puede soportar que le digan cualquier cosa, pero no que escasee la comida.

El bolsillo, el dato que condiciona todo

La última encuesta nacional de Tendencias, correspondiente a agosto, reveló que el 41,2% de los argentinos no llega a fin de mes. Otro 22,4% tuvo que recortar gastos para conseguirlo. Apenas el 16,9% llega y además puede ahorrar. Las expectativas tampoco ayudan: el 46,2% cree que su situación económica estará peor dentro de un año y solo el 28,1% espera una mejora.

El endeudamiento agrega otra capa. Entre quienes tomaron deuda en el último tiempo, el principal destino fue menos sofisticado que comprar un auto o una vivienda: el 21% se endeudó para comprar alimentos o productos de primera necesidad. Otro 8,7% lo hizo para pagar servicios, alquiler o expensas y el 8,2% para cubrir o refinanciar deudas anteriores.

Hay un dato todavía más interesante para entender el momento político: la inflación, que durante mucho tiempo fue la preocupación excluyente de los argentinos y el principal activo electoral del Gobierno, ahora aparece recién en el quinto lugar, con 6,9%. La preocupación principal son los bajos ingresos, con 31,5%, seguida por la pobreza, con 22,3%.

El problema cambió. El Gobierno logró bajar la inflación, pero no necesariamente el malestar económico. Es una diferencia importante cuando empiezan a correr los tiempos electorales. Quizás por eso en Economía aparece cada vez más la palabra “reactivar”, y quizás por eso Milei puede asegurar en público que no piensa moverse un centímetro mientras algunas decisiones de su Gobierno empiezan a hacerlo.

Los límites de la realpolitik

El programa económico también le pone límites a la realpolitik. El gasto volvió a bajar y el ajuste sobre las provincias volvió a ser notorio. En agosto, las transferencias discrecionales desde Nación a los distritos cayeron 66,4% real interanual y marcaron el peor registro para ese mes desde 2005. Más llamativo todavía: no se distribuyó un solo peso en ATN, pese a que el fondo recaudó casi $108.000 millones durante el mes.

La decisión coincide con un momento en el que la Casa Rosada necesita a los gobernadores. Hay reformas pendientes, en especial la política, con la suspensión de las PASO otra vez en danza, negociaciones en el Congreso y una elección que lentamente empieza a meterse en cada conversación. Milei necesita los votos de las provincias, pero todavía se resiste a hablarles en el idioma que mejor conocen los gobernadores.

Es una muestra de que el movimiento no es lineal. Milei cede en algunos lugares y endurece en otros. Busca que se reactive el consumo, pero cuida el gasto. Necesita ampliar su base política, pero mantiene cerrada la caja.

El techo electoral de Milei

El último estudio de CEOP Latam, elaborado en exclusiva para Ámbito, aporta una señal. Milei conserva el núcleo electoral más intenso: el 33,8% asegura que lo votaría y otro 8% podría hacerlo. Pero el 56,9% afirma que no lo votaría. Su problema no parece estar hoy en el piso, sino en el techo.

Hay otro número quizás más relevante: consultados sobre qué harían si las elecciones fueran mañana, el 51,5% respondió que votaría para “cambiar el rumbo”. Otro 15,5% elegiría “moderar” la dirección actual. Solo el 31,7% pretende “profundizar lo que se está haciendo”.

“En 2023 Milei canalizó la demanda de cambio. Hoy empieza a aparecer una discusión distinta: una mayoría vuelve a pedir un cambio, pero ahora el Gobierno es el que ocupa el lugar de aquello que está en marcha”, explicó Roberto Bacman a este medio. Tal vez ahí esté una explicación menos rebuscada para algunas de las contorsiones de las últimas semanas.

Una interna en marcha en el peronismo

Del otro lado también tomaron nota de los números. El peronismo empieza a acelerar sus propios movimientos. Axel Kicillof y Sergio Massa preparan actividades para dentro de dos semanas y comienzan a mostrar con mayor claridad sus construcciones territoriales. El gobernador ya no oculta sus aspiraciones nacionales. El líder del Frente Renovador, mientras tanto, volvió a aumentar su nivel de actividad.

La encuesta de Bacman explica parte de la urgencia. Con un peronismo unido, un candidato único obtiene 41,6% contra 34,4% de Milei. Cuando se divide, el Presidente vuelve a quedar como primera minoría, con 33%, frente a 26,7% de Kicillof y 11,9% de un candidato identificado con Cristina Kirchner.

También aparecen diferencias a la hora de enfrentar al Presidente. En un eventual balotaje, Kicillof registra 47,9% contra 41,8% de Milei. Massa, en cambio, lo supera por una distancia bastante menor: 43,1% contra 41,2%.

En el cristinismo hay dirigentes que empiezan a mirar a Massa como una posible alternativa para enfrentar a Kicillof en una interna. También se sondean gobernadores y otros nombres del interior. Falta demasiado para saber si alguno de esos movimientos terminará cristalizando en candidaturas, pero la discusión dejó de ser abstracta.

Ese mapa no se completa sin la estratégica provincia de Buenos Aires, que podrá ser prenda de negociación. En caso de una interna, el candidato a gobernador no necesariamente tendrá que sortear el veto cruzado del kicillofismo y del kirchnerismo: el actual gobernador podría postular a un dirigente de su riñón, y el kirchnerismo hacer lo propio. Massa, en ese caso, podría jugar la carta de ceder ese lugar a cambio de apoyos para la presidencial.

Los gobernadores también son jugadores no prescindibles. Ya arrancó la ronda de sondeos para que definan dónde jugarán. Los más escurridizos evitan sentarse en la mesa. Algunos, incluso, abren el juego a tres bandas y no descartan algún entendimiento con LLA. En algún momento no tendrán escapatoria. A priori, los mandatarios no se sienten cómodos con una pulseada tan centrada en PBA, pero tampoco dieron muestras de un apoyo demasiado efusivo a Cristina Kirchner en este tiempo, ni respecto de su situación judicial ni de la conducción del PJ nacional.

Los números alimentan por ahora las conversaciones. Después vendrán los actos, los armados y las recorridas.

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