Martina Bellucci, de Tafí Viejo, se sometió a una vaginoplastia en febrero de 2025 y decidió contar cada detalle del proceso, desde las siete horas de cirugía hasta las dilataciones que deberá hacer el resto de su vida. Con 26 años, la joven busca derribar mitos y explicar la realidad de una intervención que, según dice, “no es una amputación” sino una reconstrucción con tejido propio.
La operación, que costó 20.000 dólares, fue la última de una serie de cirugías que incluyó implantes mamarios, glúteos, rinoplastia y feminización facial. Martina creció en Tafí Viejo, a 12 kilómetros de la capital tucumana, y desde los 18 años comenzó su transición con tratamiento hormonal.
Quirófano y recuperación: una cirugía mayor que no se cuenta
El día previo a la intervención, Martina tuvo que ayunar y tomar laxantes para vaciar el colon. La cirugía duró entre siete y ocho horas. Al despertar, estaba con morfina y con un tutor interno: un preservativo relleno de algodón que mantiene abierta la nueva cavidad.
“Tener eso adentro todo el tiempo te da ganas de ir al baño, porque está haciendo presión en los intestinos”, explicó a Infobae. Pasó cinco días internada, con las piernas abiertas y sonda urinaria. “El postoperatorio es feo, no es lindo. Es una cirugía mayor”, admitió.
Reconstrucción, no amputación: cómo se hace la vaginoplastia
Martina desmintió el mito de que la cirugía es una amputación. “Yo me quedé con lo que tenía”, aseguró. La vaginoplastia utiliza el tejido existente: los testículos se retiran, pero el resto se redistribuye para construir la vagina, los labios, el clítoris y la uretra.
El clítoris se forma a partir del glande del pene, preservando la sensibilidad. La uretra se reposiciona para integrar la función urinaria. Entre los riesgos, mencionó la necrosis del tejido, por lo que recomendó elegir un urólogo especializado y no un cirujano plástico.
Dilataciones diarias y de por vida: la rutina postoperatoria
La parte más difícil para Martina fueron las dilataciones: durante los primeros meses, cuatro veces al día con dilatadores de acrílico. “Es un coso frío, de acrílico, sin forma, blanco. No se disfruta”, confesó. Aunque no duele gracias a un gel con lidocaína, requiere disciplina constante.
Con el tiempo, la frecuencia disminuye. Hoy, con una vida sexual activa, Martina solo necesita una dilatación cada dos semanas. “Disfruto mucho de mi cuerpo hoy. De todo lo que me hice, es la mejor”, afirmó.
El sexo después de la cirugía: nervios y confianza
Martina esperó seis meses antes de tener relaciones, aunque los médicos las habilitan a partir del tercer o cuarto mes. “La primera vez no fue muy linda. Estaba nerviosa”, recordó. Ahora, con confianza, disfruta “al cien por cien”.
La ausencia de testículos reduce la producción de testosterona, lo que puede causar descalcificación ósea. Martina recomendó chequeos periódicos, como en la menopausia.
Infancia en Tafí Viejo y el apoyo familiar
Martina creció en Tafí Viejo, una ciudad de unos 70.000 habitantes, con su madre, dos hermanas y un hermano mayor. Su padre falleció cuando ella tenía 12 años. Desde pequeña mostró su identidad femenina, aunque en la adolescencia la ocultó.
Su madre, que al principio no aceptaba la transición, terminó comprándole las hormonas. Su hermano mayor fue uno de los primeros en apoyarla: “Hay que apoyarla, es nuestra hermana”, dijo. Su tía, en cambio, le aclaró: “Te acepto, pero no me pidas plata para cirugías”. Su sobrino Liam, de solo unos años, lo entendió rápido: “Es una chica ahora”.
De Tucumán a Buenos Aires: pareja, matrimonio y separación
A los 21 años, Martina se mudó a Buenos Aires tras conocer por Instagram a un hombre de 42. Se casaron y él la acompañó en todas sus cirugías. Estuvieron juntos seis años, pero se separaron después de la operación de reasignación. Hoy son amigos y él le dejó un departamento.
Martina reconoce que la dependencia económica durante esos años fue un error: “Cometí el error de quedarme muy cómoda”. Desde 2023 trabaja en una oficina.
La decisión de operarse y el costo
La operación costó 20.000 dólares, una barrera para muchas. Martina también señaló la desinformación y el temor a perder clientela en el trabajo sexual como razones por las que algunas mujeres trans deciden no operarse.
Además de la vaginoplastia, se sometió a implantes mamarios y de glúteos, rinoplastia, feminización facial (con tornillos en la mandíbula) y un lifting de labios. “Literal, te abren de oreja a oreja”, describió.
OnlyFans, trabajo sexual y el futuro
Hace tres meses abrió una cuenta de OnlyFans por curiosidad, pero reconoce que no le dedica tiempo suficiente. La tentación del trabajo sexual como escort sigue presente: “Ofrecen mucha plata”, admitió. Sin embargo, por ahora elige su trabajo de oficina y sueña con tener su propia marca de ropa.
Martina concluye: “No hay nada más hermoso que ser lo que uno quiere ser, siente ser y no caretearla”. Su historia, contada sin eufemismos, busca visibilizar un proceso que sigue rodeado de mitos y silencios.

