sábado, septiembre 26, 2026

El “Pescao” Ricci, de una invitación en San Lorenzo al 400 a campeón con la Naranja y Los Pumas

Marcelo “Pescao” Ricci conserva en una caja una vida entera de rugby: cientos de recortes que su esposa cortaba y él pegaba en hojas N.º 6 numeradas. Allí está su historia en Los Tarcos y también la de una generación que cambió el rugby tucumano.

El archivo empieza en San Lorenzo al 400, cuando Ricci tenía alrededor de 12 años. Un grupo de amigos de la infancia que vivía sobre Buenos Aires pasaba por la puerta de su casa con una pelota y un día le soltaron la pregunta: “Marcelo, ¿querés jugar al rugby?”. El sábado siguiente lo fueron a buscar.

No había tradición de rugby en su familia. “Soy el primero y sigo siendo el único”, cuenta. Su padre, médico, tampoco veía con buenos ojos esa elección: “Decía que era un juego de brutos”, recuerda entre risas. Ricci había jugado al fútbol y hasta se anotó en Medicina, pero nunca avanzó demasiado. “Me quería dedicar al rugby, la verdad”, reconoce. Su padre murió cuando él tenía 15 años y nunca pudo verlo jugar en Primera.

Para entrenarse tomaba un colectivo, se bajaba sobre la avenida y cruzaba caminando el Parque 9 de Julio. En el club, que tenía una cancha de rugby frente al reloj y otra de hockey, conoció a jugadores que hasta entonces miraba como ídolos y terminó compartiendo equipo con varios de ellos.

Su debut en Primera tuvo una particularidad. Ricci era octavo, pero faltaba un fullback y Pablo Abelardo “Cacho” Zelarayán le preguntó si se animaba. “Sí, Cacho, cómo no”, contestó. Tenía buena recepción y pateaba bien. Fue apenas una escala: volvió al puesto de octavo y desde allí construyó su carrera, con el scrum como una de sus fortalezas.

Cinco títulos consecutivos y una rivalidad que marcó una época

Los Tarcos encadenó cinco campeonatos consecutivos: 1983, 1984, 1985, 1986 y 1987. Ricci explica esa supremacía desde la cantidad y la competencia interna. “Teníamos un plantel supernumeroso, de jugadores de un nivel medio parejo”, señala. También destaca el trabajo de Juan Carlos “Pavo” López y de los entrenadores que formaban a los jugadores desde infantiles y juveniles. El éxito dejó una marca: todos querían ganarle a Los Tarcos.

La camiseta naranja y el salto de calidad

Cuando Ricci comenzó, las distancias eran evidentes. Córdoba era una referencia, Mendoza y Rosario estaban más arriba y Buenos Aires parecía pertenecer a otro universo. “Del 73 en adelante empezamos a meterle. Ya éramos un equipo duro”, recuerda. Para él, la evolución tuvo menos secretos tácticos que humanos: “Era el hambre de gloria que teníamos nosotros y el compromiso. Tenías que tirarte de cabeza contra el piso y nos tirábamos”.

La convivencia hizo el resto. Jugadores que durante el año defendían clubes enfrentados construyeron una intimidad propia con la camiseta de Tucumán. “Era un grupo muy unido. Esa ha sido una fortaleza”, asegura.

En 1982 llegó otro empujón: Tucumán venció a Los Pumas y comprobó que las fronteras podían moverse. “Ya veníamos teniendo un crecimiento importante. Entonces llega un momento en que vos decís: ‘Ya está, esta es la nuestra'”, explica.

El título de 1985 y la pared que había que derribar

La consagración llegó en 1985. Para entonces ya no alcanzaba con competir: querían ser campeones argentinos y para lograrlo había que derribar la última pared, Buenos Aires. La final se disputó en la cancha del club San Martín, en Buenos Aires, y Tucumán ganó 13-9.

Ricci recuerda un plantel concentrado y convencido antes de salir. “Estábamos comprometidos a muerte a dejar toda la vida. Era la única forma de ganarles”, señala. Del partido no elige primero una jugada: el recuerdo que aparece es un sonido. “Cuando suena el pito final, sentís todas las emociones juntas por haber logrado uno de los objetivos”, dice. Después llegaron los abrazos, los festejos y un aeropuerto repleto cuando regresaron a la provincia. “De ahí ya nos empezamos a agrandar”, resume.

Aquella transformación tuvo otra consecuencia. Durante años, para un jugador tucumano llegar a Los Pumas había parecido casi imposible. “El interior no existía para los porteños, me parece. El rugby era Buenos Aires”, afirma Ricci. “Cuando empezamos a ganar los campeonatos argentinos, se abre la puerta para Los Pumas”, asegura.

La citación a Los Pumas y el retiro

Ricci ya sentía que su mejor momento había pasado cuando recibió la citación para integrar Los Pumas. “No podía creer. Yo ya estaba de vuelta, digamos. No estaba en la curva ascendente. Ya estaba en el llano”, recuerda. En 1987 jugó frente a España.

Un año después decidió retirarse. Los entrenamientos en La Naranja eran cada vez más exigentes y detrás aparecía una nueva generación, con Agustín Macome reclamando su lugar. “Había que dejar paso a la juventud”, explica. La decisión dolió, pero no significó alejarse: entrenó juveniles, después llegó a Primera y en 1994 volvió a ser campeón con Los Tarcos, esta vez desde afuera de la cancha. Más tarde fue dirigente y, cuando dejó esas funciones, siguió haciendo lo mismo que hace hasta hoy: volver.

“Por el amor al club”, explica. “El club me dio todo. Me enseñó y me dio la posibilidad de trascender, jugar en el seleccionado, ser capitán, ser campeón y llegar a Los Pumas”, dice.

Los miércoles todavía se encuentra allí con antiguos compañeros. Se reúnen, recuerdan alguna jugada y el grupo sigue reconociéndose después de décadas.

Antes de guardar las hojas, Ricci vuelve a mirar algunas. Conserva cientos de recortes sobre su carrera, pero cuando le preguntan por algún try que recuerde especialmente no encuentra ninguno. “Siempre me gustó más hacer la jugada yo y darle a los compañeros”, explica. Su esposa comenzó a recortar diarios para que pudiera recordar cuando fuera viejo; él los pegó y los numeró uno por uno. Décadas después, esas páginas terminaron archivando algo más que su carrera: el recorrido de una generación que aprendió a competir, después a creer y finalmente a ganar.

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