Los mercados descartan que la Reserva Federal suba las tasas en su próxima reunión de septiembre, pero las tasas largas vuelven a escalar: el bono a 30 años superó el 5,30%, un nivel que no se veía en casi dos décadas. Mientras tanto, la tensión en el estrecho de Ormuz presiona los precios del petróleo y complica el escenario.
El nuevo presidente de la Fed, Kevin Warsh, se presentó como un halcón en la lucha contra la inflación, pero no tiene prisa por intervenir. En la reunión de julio, cuando se propuso subir las tasas, Warsh consiguió el apoyo de la mayoría y frenó la iniciativa. La data reciente de la economía —empleo, inflación, ventas minoristas— se debilitó, lo que le dio margen para esperar.
Sin embargo, las tasas largas, tras una tregua de dos semanas, vuelven a subir con fuerza. La de 30 años fue la primera en romper el 5% y ahora rinde más de 5,30%, un nivel que no se veía desde hace casi 20 años. ¿Qué está pasando? Según el análisis de Gordon Gekko, si la Fed es reticente a intervenir, la curva de rendimientos se empina: la parte corta cae y la larga sube.
La curva y las expectativas
La tasa de dos años rinde 4,19%, mientras que el techo de la tasa de fondos federales está en 3,75%, casi tres cuartos de punto por debajo. En julio, la tasa de dos años rozó 4,37%. Los mercados entienden que Warsh no tiene prisa, pero siguen convencidos de que deberá subir las tasas. Como descuentan que será lento, no tienen apetito por la duración, lo que impulsa las tasas largas.
La calma inicial se debió a la caída del precio del crudo, pero se rompió cuando el barril de Brent volvió a cotizar por encima de los 90 dólares. La semana pasada, el Tesoro logró colocar nueva deuda a 10 y 30 años sin sobresaltos, justo a tiempo para evitar un sofocón.
El factor Ormuz
La guerra en Irán no preocupa a los mercados por sí misma, pero el precio del petróleo es un nervio sensible. El estrecho de Ormuz sigue sin solución: Omán negocia con Irán un régimen de navegación, pero Washington no participa directamente. La amenaza de Trump de bombardear Omán es un mensaje a Teherán de que no acepta el acuerdo que ya cerró con su vecino.
Irán acepta compartir el control de la navegación con Omán, pero Trump no acepta el control iraní, ni siquiera compartido. Ha dicho que derrotará a Irán y declarará el estrecho como territorio de EEUU. Pero incluso si lo lograra, Irán haría la navegación comercial imposible, tanto por Ormuz como por Bab el Mandeb.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, dijo que “en dos años, Ormuz será irrelevante”, una salida a largo plazo. Mientras tanto, se firmó el Memorándum de Entendimiento el 17 de julio, no para cumplirlo, sino para evitar una catástrofe económica, según reconoció Trump.
La estrategia de Bessent
Trump dijo dos días después de asumir que “las tasas deben bajar de inmediato”, refiriéndose a las tasas largas, según explicó Bessent. La tasa de 10 años, que merodeaba 4,80%, bajó durante todo 2025 y hasta marzo, ayudada por la caída del petróleo y una diplomacia activa con la OPEP+. Bessent inclinó la emisión de deuda hacia las letras del Tesoro, favoreciendo la digestión de los bonos largos.
El Congreso aprobó un paquete de rebaja de impuestos y la Corte Suprema ordenó la devolución de lo recaudado por aranceles recíprocos, pero la curva no reaccionó. Todo funcionó hasta la guerra en Irán, que hizo subir los precios de la energía. La economía no se estancó ni hubo shock estanflacionario, gracias al auge de la IA que sostuvo la inversión.
Las expectativas inflacionarias siguen ancladas, pero las tasas de interés reales suben con fuerza y empujan las nominales. Los trucos de Bessent ya no funcionan. Si Warsh se alinea con la Casa Blanca y mantiene las tasas cortas, la curva se empina aún más.
Para frenar las tasas largas, Gekko sugiere que la Fed debería subir sus tasas, como debió haber hecho en julio. Bessent debería explicárselo a Trump y reducir las necesidades de financiamiento del Tesoro antes de una mala subasta. Si no, la única salida es un acuerdo con Irán que reabra Ormuz y haga caer el precio de la energía, algo que la Administración prometió pero no concreta.

