En el sur de Tucumán, el Mundial llega con demora a Sol de Mayo. No hay pantallas ni radios encendidas al momento del gol: la noticia del partido viaja a través de kilómetros de barro, monte y caminos destruidos hasta llegar al único habitante permanente del paraje, Lino Navarro.
Las inundaciones recurrentes, el aislamiento y la falta de caminos seguros fueron vaciando el lugar. La última creciente se llevó el televisor de Lino y lo obligó a abandonar su casa durante cuatro meses. Desde entonces, solo conoce los resultados de la Selección cuando alguien llega hasta su rancho o cuando él sale hacia otros parajes.
“¿Cómo salió Argentina?”, pregunta cada vez que aparece una visita. La escena resume la soledad de un lugar donde los goles ya no se gritan en el momento en que ocurren.
La escuela que cerró y selló el éxodo
Sol de Mayo no siempre estuvo deshabitado. Allí funcionaba la Escuela N° 151, que durante generaciones reunió a los chicos de la zona. Pero el establecimiento cerró al comenzar el ciclo lectivo de 2024: ya no quedaban alumnos, ni maestros, ni familias suficientes para sostenerla.
El edificio todavía está en pie, aunque abandonado. No tiene techo, los pupitres están rotos, las aulas quedaron abiertas al cielo y la vegetación avanza sobre lo que alguna vez fue el centro de la vida comunitaria. El cierre de la escuela terminó de confirmar lo que el agua venía marcando desde hacía años: el pueblo se estaba quedando sin gente.
Un camino cada vez más difícil
Para llegar hasta Sol de Mayo hay que atravesar un recorrido cada vez más hostil. El camino obliga a pasar por ripio, salitre, alambrados caídos, un puente colgante deteriorado y un tronco que funciona como paso sobre un arroyo formado después de las inundaciones. Donde antes había tierra firme, hoy hay cauces nuevos y charcos que permanecen después de cada creciente.
La misma historia se repite cerca, en Los Jereces, donde apenas quedan siete habitantes. Algunos, como Tito Mario Nieva, siguen criando cabras y escuchan los partidos por una radio a pilas. Otros, como José Antonio Lazarte, de 77 años, solo pueden ver los encuentros de Argentina por televisión abierta y siempre que no se corte la luz.
Lino resiste por sus animales
Pero Sol de Mayo muestra el extremo más duro de ese abandono. Lino sigue allí por sus animales, que son su única forma de subsistencia. “Si no estoy yo, ¿quién los va a cuidar?”, plantea. Para él, la solución no empieza por un televisor ni por volver a ver el Mundial: habla de obras, de arreglar el camino y de encauzar el río para que el agua no vuelva a ganar terreno.
Mientras millones de argentinos siguen la Copa del Mundo en vivo, en Sol de Mayo la noticia de un gol todavía debe cruzar caminos rotos para llegar. En ese último rancho habitado, el Mundial no se vive al instante: se espera.

